En momentos de crisis de liderazgo mundial (¿alguien recuerda algo positivo de Georges Bush?) y de grave crisis económica como la actual, Sarkozy multiplica su carisma. No importa que ya haya tenido que enfrentar dos huelgas generales en su país, estamos ante un político hecho a sí mismo con una ambición napoleónica sólo comparable a su capacidad de resistencia.
Sarkozy se autodesignó guía de Europa, sin importarle seducir a Angela Merkel para formar un frente franco-alemán, y se ha convertido en guía mundial, como ganador del G-20 ahora que Obama renuncia al discurso unilateralista caraterístico del imperialismo norteamericano.
De la reunión de Londres y Estrasburgo, Sarkozy ha salido tan fortalecido, que se ha apresurado a aprobar la famosa ley de los 3 avisos que instaura la monitorización de las conexiones. No importa que el Parlamento Europeo hubiese aprobado un informe contrario hace sólo unos días, en defensa de la alfabetización digital.
La aplicación de la ley Sarkozy (perdón, Hadopi: Haute autorité pour la diffusion des œuvres et la protection des droits sur Internet) debe entenderse como un pulso contra el Parlamento y la corriente pactista que busca fórmulas alternativas (tasa o impuesto, redes P3P…) a la desconexión.
En un momento confuso de planteamientos contrarios, Sarkozy se postula como líder de una acción gubernamental para el control de las redes P2P e Internet en general. Y llevará su iniciativa hasta el final. Cerca nuestro se oyen los aplausos de la SGAE, exultante tras haber conseguido destapar el fraude de Verbatim