Facebook es la enésima encarnación del diablo, después de que fracasase en su misión de destruir el mundo cuando adoptó la forma de teléfono móvil y de Messenger.
No bastó, la gente se sigue casando y viajando y acudiendo al trabajo, y los chicos que hace diez años tenían que ser abducidos por ambos demoníacos inventos siguen viviendo con sus padres, cumplidos los 30, tan tranquilos.
Por eso el diablo ha adquirido la tentadora indumentaria de Facebook, este sitio que es como una gran superficie pero en Internet porque puedes hacer casi de todo y encontrarte a casi todos, con la ventaja de que está abierto las 24 horas, un atractivo más para empujar a la gente al infierno de la droga dura.
Los sabios ya han advertido los primeros síntomas de dependencia, con los correspondientes trastornos de personalidad: quienes emplean Facebook se convierten en anoréxicos síquicos carentes de voluntad, o en bulímicos síquicos necesitados de atracones comunicativos.
Me extraña sin embargo que doctores y expertos apenas detecten las secuelas que deja el paro galopante en niños y adolescentes. Al revés, parece como si hubiese un gran pacto para no incordiar a la fiera financiera, no sea cosa que se revuelva y haya que salir corriendo a inyectar más miles de millones a directivos, inversores y demás líderes de la actual bancarrota.
Por eso es muy importante que Facebook (o Tuenti o Twitter o…) sea visto como lo que es, un pervertidor de almas, causante además de la crisis del periodismo impreso y de la publicidad.
Facebook es el pianista imprescindible en toda película del Oeste, que es el guión maniqueo e hipócrita que seguimos empleando para escribir nuestras vidas.
Disparen a Facebook.