“Si no hay periódicos públicos, ¿por qué tiene que haber televisiones públicas?”
La pregunta retórica fue lanzada por PedroJota en el Foro de la Nueva Comunicación, basándose en un argumento tan simple como este: las televisiones públicas nos cuestan más de 2.000 millones de euros.
Planteamiento provocador para un tema apasionante, que merece discutirse.
Si por una parte estamos la mayoría de acuerdo en la convenciencia o inlcuso necesidad de una enseñanza pública, de unos transportes públicos o de una sanidad pública, que corrigen desigualdades socioeconómicas o al menos intentan mimimizarlas en sus prestaciones más básicas, ¿se justifica una televisión pública?
Creo que la realidad actual da la razón al director de El Mundo. Ante una TVE de programación patética plagada de publicidad, se nos acaban los agumentos para defender una televisión pública que además es ruinosa y tenemos que pagar con nuestros impuestos.
Otra cosa sería un modelo semejante al de la BBC, tal como ha funcionado durante décadas. Producción independiente y de calidad, sin publicidad y con un valor social y divulgativo añadido.
Seguramente este modelo es inviable en la actual época de neoliberalismo globalizador, como parece evidenciar la misma crisis de identidad de la BBC.
Existe televisión pública porque ningún partido mayoritario está interesado (especialmente mientras gobierna) en eliminarlo. Su efecto propagandístico es demasiado grande como para obviarlo.
En este sentido, los partidos (me refiero al aparato de los partidos, encargado de gestionarlo y rentabilizar sus recursos para conseguir su objetivo: ganar elecciones) aprendieron la lección de la Historia.
La democracia del siglo XIX no asumió la prensa pública, y todavía hoy ésta nos parece un fenómeno despreciable, típico de una dictadura. Pero la llegada de las nuevas tecnologías de comunicación en el siglo XX, de la radio a la televisión pasando por la asignación de radiofrecuencias y licencias de emisión, fueron incorporadas por los Gobiernos más liberales y unos partidos convertidos ya en maquinarias electorales.
La televisión pública es una bonita entelequia que no tiene sentido en la sociedad actual.