Estuvimos dos días de agosto en un hotel de primerísima categoría, con servicio de WiFi anunciado entre otras delicatessen. Después resultó que nadie supo decirnos cómo conectarse hasta que vino el hermano del encargado, un autodidacta que tenía configurada la red con IPs estáticas. No acabaron aquí los problemas: en muchas zonas del entorno, incluida la habitación, la señal era pésima o nula.
Este último fin de semana hemos pasado también dos días en un hotel pero de características bien distintas. Diseñado para turistas de forma masiva, en plan todo-incluido. Pero el WiFi (apenas publicitado en su oferta) funcionaba perfecta y sencillamente, sin ni siquiera necesidad de contraseña. Señal potente y continua. Con una importante salvedad: apenas te alejabas unos metros del punto de acceso, la conectividad caía en picado. Consecuencia: guerra por llegar el primero a las dos mesas privilegiadas, en un hotel con capacidad para unas 1.000 personas, muchas de ellas con su portátil a cuestas. Por cierto, la gran mayoría jóvenes y con netbook Asus. Resultado: un pequeño caos.
Resulta que Mallorca (y casi toda la costa española) vive del turismo, pero sus profesionales continúan sin reciclarse en el aspecto tecnológico, despreciando así un componente atractivo para un segmento creciente de su clientela, que además resulta baratísimo en instalación y mantenimiento.
Penoso
Irina ha añadido una foto del desaguisado