La evolución (histórica, tecnológica…) no es lineal. Dos pasos adelante, un paso atrás. Y eso si no pilla atajos suicidas como supuso el III Reich (escalofríos da imaginar cómo sería el planeta Tierra si el Eje Berlín-Roma-Tokio hubiese ganado la Guerra) o como dicen que pasó con la Atlántida.
Los portátiles han sido un gran avance en concepto y desarrollo. Pero han dejado flotando en el limbo la realidad de la autonomía. Mientras la memoria, el procesador, la gráfica y la conectividad han progresado 1.000, la batería ha avanzado 10. O menos.
Estos días en que he usado un portátil (llevaba tiempo sin hacerloI) he comprobado el atraso. Penoso, patético. Para arriba y para abajo cargado con cables y batería, pendiente siempre de su efímera vida y de un punto de conexión eléctrica cercano.
El portátil en cuestión es un Toshiba de última generación, recién estrenado ¡Y la batería tiene una autonomía de 2 horas!
Se me hace difícil entender por qué la tecnología ha dejado irresuelta tal carencia, este absurdo: un portátil sólo lo es si puede trasladarse, si supone libertad de movimiento para el usuario. Es como si llamásemos portátil a un equipo que pesase 30 kilos.
Hay anuncios de prototipos que consiguen hasta 20 horas de autonomía. Pero no dejan de ser récords de laboratorio. La realidad: seguimos pegados al portátil como hace tres o cuatro años, una eternidad en cronología informática