Los anuncios tremendistas avisando de los devastadores efectos de la droga suelen aferrarse a una iconografía que nos remite al consumo de cocaína, pastillas, heroína o marihuana. Nunca incluyen en su repertorio referencias al tabaco, alcohol o televisión, las tres drogas cotidianas que forman parte de nuestro entorno. Quizás habría que añadir el café y alguna otra.
En general estas drogas legales y hasta bendecidas por el uso son drogas duras, tanto por los efectos como por la adicción que crean. Un ejemplo: el tabaco, una de las sustancias más adictivas que existen.
Por contra, la televisión es una droga blanda, una forma de placebo. Es cierto que la programación televisiva es mediocre y estupidizante en general, y que cumple un importante papel de domesticador social.
También que existe una importante proporción de espectadores enganchados sin remedio, público cautivo incapaz de despegarse del efecto hipnótico que produce la pequeña pantalla.
Basta trasladar al sujeto abducido por el poder de la tele, a otro escenario más estimulante y que le incite a algún tipo de actividad o socialización para que desaparezca el efecto adormecedor. De golpe, se libera de la esclavitud, sin vivenciar ningún tipo de síndrome de abstinencia.
La tele es simplemente un sustitutivo. De la amistad, del amor, del proyecto personal, del diálogo reparador, de la compañía, de la aventura.
Estoy pasando dos días con Irina y las dos niñas en un hotelito cerca de una playa, que tiene pista de tenis, piscina cubierta y calles y paisajes a su alrededor por explorar. Consecuencia: las niñas, que en casa tienen la televisión casi siempre en marcha, ni siquiera la han mencionado. Es más: hay un televisor en la habitación y se han limitado a mirarlo como si se tratase de un mueble.