La película Wall·E dibuja un futuro de obesos sedentarios, pero dudo que llegue a ser así.
Parece claro, sin embargo, que ya no nacerán bebés con síndrome de Down, al menos en un Primer Mundo acunado por la ingeniería genética, la cirugía reparadora y la medicina preventiva. El progreso impone su propio canon, y el mundo postmoderno, sofisticado y light, es alérgico a una realidad sin diseño.
Nos molestan los gordos, los feos y los viejos, y de hecho las dos últimas categorías están en vías de extinción. Las personas mayores son ya una tercera edad radiante entregada a sus cruceros y bailes y dispuesta a irradiar jovialidad a base de pasar por el quirófano y someterse a dietas de regeneración. Los feos se visten cada vez mejor, se arreglan más y en todo caso se someten también al bisturí.
Pero, ¿qué hacemos con los gordos? No pueden disimularse como los anteriores, siendo además resultado directo de nuestra forma de vida urbana saturada de grasas. Claramente incompatibles con la ideología dominante que impone un discurso débil de valores reciclables, los gordos molestan porque remiten a una realidad fuerte, ostentosa, pesada. Hard, imagen enemiga del capitalismo líquido y deslocalizado: la economía financiera debe ser ligera para metamorfosearse con rapidez.
Los gordos lo tienen difícil. Están a punto de convertirse en una especie marginal, trasunto de lo que significaron los gitanos o los judíos en otras sociedades: destinatarios de las iras y frustraciones que anidan en su interior. Si fuésemos felices, los gordos no nos molestarían.
Para detectar el grado de fobia, a veces inconfesable, que te producen las personas gordas basta contemplar un reportaje (o una escena real, si nos resulta accesible) sobre nudismo: ¿te repugna la presencia de un gordo en el grupo?
Por cierto, Benjamí ha puesto en práctica con éxito y sentido común su dieta adelgazante [si no entiendes catalán Google ya lo traduce al castellano y viceversa]