Nunca fui seguidor de la saga de Star Wars. Ni siquiera estoy seguro de haberla vista completa. Aunque la serie me parece simpática, y algunos personajes tienen su gracia, no comparto el entusiasmo que despierta en muchos aficionados. Y el desinterés tiene que ver con la debilidad argumental. La historia me parece infantil, un cuento simplón magnificado por un estilo enfático de narración y el brillante uso de efectos especiales.
Algo parecido me pasa con Indiana Jones: su fama me parece desorbitada. Como en el caso de Star Wars, la sobreexplotación comercial de sus elementos y la mitificación a que desde pronto fueron elevadas ambas series me resulta artificial, una estupenda estrategia de marketing que no se corresponde con su contenido.
Pensaba en algo así cuando asistía hace unos días a la representación de Norma. Una ópera que figura en el top ten de los aficionados al bel canto. Pero, como tantas otras óperas, se apoya en un libreto soso y tontorrón. Una sacerdotisa amante en secreto de un romano autoriza a otra a que rompa sus votos de castidad sin saber que también está enmorada del mismo hombre: gritos, tragedias, gestos desgarrados, parafernalia musical y escenográfica con la que magnificar una historia plana.
Hay algo en común entre la ópera y estas series de culto.
Primero, la enfatización: todo tiende a lo heroico, a una dimensión mítica.
Segundo, el frikismo. Genera fanáticos eruditos, especialistas cargados de anécdotas y coleccionistas de datos, encerrados felizmente en la adoración o disección del mundo endogámico al que no pertenecen los no iniciados.
Tercero, su autoridad se basa en el star system que la rodea. Lucas, Harrison Ford, Skywalker… La interpretación de Norma que hizo María Callas en tal auditorio tal año…
Cuarto, sus argumentos y personajes no tienen profundidad
Estrenada la cuarta entrega de Indy, las críticas son benévolas pero no entusiastas. Cuando no claramente negativas.
Al menos el equipo de Star Wars supo retirarse a tiempo.