Bobby Fisher y Deep Blue
20 Enero, 2008 | Escrito por emiligene | Categorías: despuesdeG | | 11 lecturasUna de las pocas veces (¿la única?) en que Bobby Fisher estuvo en España jugando al ajedrez en plan de exhibición, con las típicas simultáneas con las que los grandes maestros se dejan retar por una masa de aficionados, protagonizó un montón de anécdotas. Recuerdo dos. Una: de repente interrumpió una partida exigiendo que le sirviesen inmediatamente un plato de patatas fritas. Dos: de forma imprevista se levantó de la silla y se dirigió hacia una mujer sentada en primera fila entre los espectadores y le cubrió las piernas con varios periódicos que recogió por allí mismo. Y esto era antes, mucho antes, de que fuera víctima de todo tipo de paranoias. “Me cago en los Estados Unidos” gritó al enterarse del ataque a las Torres Gemelas el 11-S.
Imprevisible y caprichoso como un niño mimado. Genio y tirano, también su juego fue imprevisible: “el estilo es el hombre”. Este carácter le hizo campeón del mundo, en un deporte tradicionalmente dominado por la escuela rusa, o sea por ajedrecistas soviéticos entrenados en la más estricta disciplina. Los ingenieros frente al artista. Ajedrez ortodoxo, académico y conservador, frente al ajedrez individualista de Fisher, genial y agresivo. Tras su desaparición de la competición ajedrecística, volvieron a dominar las estrategias rigurosas de los ingenieros rusos.
El último de los campeones, Kasparov, antes de intentar una fugaz aventura política en la Rusia dominada por el zar Putin, se enfrentó al ordenador Deep Blue. Perdió y certificó la derrota del hombre frente a la máquina. Deep Blue podía calcular unos 200 millones de posibles jugadas en un segundo.
Nos hemos quedado sin saber si Fisher hubiese derrotado a la máquina gracias a un procesamiento no mayor sino “mejor” Y su desaparición física definitiva también nos deja otro interrogante: ¿la superdotación lleva aparejada la inadaptación sicológica, afectiva y social? Su coficiente intelectual, superior a 180, recuerda al de Einstein, otro genio con aspectos de su vida nada admirables. Son famosas las reglas que impuso a su primera mujer, científica física como él e incluso mejor en matemáticas:
“A. Te encargarás de que: 1. mi ropa esté en orden, 2. que se me sirvan tres comidas regulares al día en mi habitación, 3. que mi dormitorio y mi estudio estén siempre en orden y que mi escritorio no sea tocado por nadie, excepto yo. B. Renunciarás a tus relaciones personales conmigo, excepto cuando éstas se requieran por apariencias sociales. En especial no solicitarás que: 1. me siente junto a ti en casa, 2. que salga o viaje contigo. C. Prometerás explícitamente observar los siguientes puntos cuanto estés en contacto conmigo: 1. no deberás esperar ninguna muestra de afecto mía ni me reprocharás por ello, 2. deberás responder de inmediato cuando te hable, 3. deberás abandonar de inmediato el dormitorio o el estudio y sin protestar cuanto te lo diga. D. Prometerás no denigrarme a los ojos de los niños, ya sea de palabra o de hecho.”
¿Se puede medir la inteligencia mediante un coeficiente, desatendiendo otras muchas áreas relevantes como las habilidades sociales, la llamada inteligencia emocional, la capacidad de sacrificio o adaptación, el talento para la organización de grupos humanos… ? El coeficiente intelectual como unidad de medida no deja de ser la magnificación de la inteligencia abstracta, de la razón que es la base de la sociedad moderna. Pero habrá que revisar este planteamiento, en una época postmoderna en que el hombre ha sido superado por los ordenadores como animal de cálculo.
Ya están en marcha nuevos supercomputadores. Entre otros:
ASCI White (más de 12 billones de operaciones de cálculo por segundo) u Orion (de la empresa D-Wave) que forma parte de la generación de las llamadas computadoras cuánticas.
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