9 Diciembre, 2007

Sin futuro

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Desde que se rompió con la Tradición, sólo existe el presente: la moda como entorno, la adolescencia como modelo.
Renunciar al pasado fue también una manera de cortar con el grupo para poder ser individuos libres: no tengo por qué ser católico ni heterosexual ni vivir en la misma ciudad o barrio de toda la vida ni ejercer la profesión de mis padres ni tener mis cuentas en el mismo banco de siempre.
La infidelidad es simple y pura opcionalidad, y es positiva.

Pero al perder el pasado también hemos perdido el futuro. Aferrados al presente, a la inestabilidad del cambio, el tiempo como categoría y perspectiva se desvanece. Estresados, casi ni encontramos tiempo real para llevar nuestra vida al día.
Al no haber compromiso (puedes traspasar tu hipoteca a otro banco, dejar a tu pareja, cambiar de operadora móvil) el futuro como decisión y ejercicio de voluntad también se desvanece.

La economía parece también haber borrado el futuro. Sólo nos queda más de lo mismo. Capitalismo sin alternativas: no hay revolución posible ni sociedades distintas que construir en el horizonte.
También la Biología. No hay evolución darwinista posible: la genética se encargará de reprogramarnos para vivir cada vez más y mejor.
Y en el sexo: eliminada la culpa y el pecado, liberados de la amenaza del embarazo, nada queda por descubrir.

Vivir siempre en el presente es agotador porque no hay tregua: no puedes descansar (apoyarte) en la memoria ni estimularte con el futuro como proyecto: hoy el futuro se vive casi antes que el propio presente. Ambas perspectivas se mezclan e interfieren hasta ser una sola.
Sin futuro: cansancio vital, escepticismo, este inmediatismo apático del adolescente actual. O adrenalina (deportes de riesgo, viajes, discotecas) como forma artifical de neutralizar este adelgazamiento del ánimo.
Niños viejos, ancianos adolescentes.

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