Llamemos, para entendernos, teléfonos convergentes a estos terminales de última generación que tienden a integrar todas las funcionalidades del mercado: receptor y navegador GPS, TV, conectividad WiFi y Bluetooth 2.0, reproductor multimedia multiformato (incluyendo vídeos avi), cámara de fotos de 3 ó 5 megapíxels, navegador web con JavaScript, push-email, teclado qwerty… En fin, bastante más que un miniordenador. Ejemplos: los Nseries de Nokia, el Helio Ocean con dos teclados, el Portege 500 de Toshiba y muchos otros.
El iPhone, por su parte, basa su estrategia en la interfase. La pantalla táctil y el diseño son las principales bazas de un teléfono que ha conseguido, apoyado en una inteligente campaña, convertirse en prototipo de modernidad e imitado ya por algunos fabricantes con modelos como el HTC Touch o Neo 1973 con Open Moko
¿Son reconciliables ambas tendencias? Por ahora parece que no, falta ver si por incompatibilidad técnica, funcional o económica. La evolución lógica y deseable es que se desarrollase un sistema de integración, de la misma forma que hoy pueden convivir WiFi y 3G. Así, el usuario podría alternar según el momento y la conveniencia entre la pantalla táctil o un teclado qwerty sin tener que renunciar a todos los recursos de navegación, multimedia y conectividad que ya nos resultan normales.
En cualquier caso, parece irreversible la consolidación de pantallas de alta resolución (lo cual implica una mejora de la autonomía) y el aumento de la capacidad de almacenamiento (lo cual acelerará la implantación de la memoria SSD)