
No sé si ustedes han visto la película El cortador de césped. Ya tiene sus años y es bastante mala, pero ilustra a la perfección la imaginería que despertaba hace una o dos décadas (y todavía, tal vez) la realidad virtual: un escenario en el que acechan todo tipo de peligros, desde la pérdida de la propia identidad hasta una ludopatía extrema.
El acercamiento a la realidad virtual, inevitablemente, ha ido deshaciéndose de tales prejuicios, aunque todavía es una experiencia ajena a nuestra cotidianeidad.
Este guante es un producto que ejemplifica lo que podría suponer una virtualización activa y funcional de nuestra vida digital: la tridimensionalidad virtual dejaría de ser sólo visual para convertirse también en táctil. Todavía es aparatoso, pero resulta fácil imaginar en un futuro no lejano un tipo de dispositivo semejante como parte del equipamiento informático habitual.