¿Qué tendrá la pintura, que atrae a los dictadores? Algo hay en la pintura (no conozco bibliografía al respecto) que asocia la pintura a regiones del inconciente colectivo que tienen que ver con la trascendencia o el estatus.
Tal vez residuo de cuando la pintura (antes de popularizarse la fotografía o las técnicas de impresión) era un producto clasista que no todos se podían pagar. O quizás fetiche actual por cuanto evoca un pasado ajeno a los males de la masificación.
La pintura como evasión romántica. Artesanía con la que construir una dimensión imaginaria sin ayuda de terceros ni tecnología. El pintor como Dios del mundo creado con los pinceles.
O un poco de todo esto. Lo cierto es que la pintura mantiene un fuerte atractivo, por mucho que se haya convertido en inversión capitalista. Por ejemplo, la pintura contemporánea ha resitido los embates de la industrialización y la democratización con mejor fortuna que la música culta.
Y muchas profesiones liberales, en especial médicos, mantienen una curiosa afición de coleccionistas.
Hace unos días Amazing Things (vía Digg) publicó algunas de las obras dibujadas y pintadas por un joven Adolf Hitler. Aunque se trata de piezas conocidas es una buena excusa para replantearnos la paradójica relación que a veces establecen arte y totalitarismo.
¿Enfermedad de un ser patológico en busca de un poder que nunca le sacia?
En todo caso, la sensibilidad no parece estar reñida con los delirios de grandeza.



A su vez, también Hitler ha inspirado a multitud de ilustradores. Entre las muchas recreaciones de su inconfundible personaje, me quedo con este provocador Hitler rosa

Drobo, “robot de almacenamiento”.
Lucky y Flo son dos bonitas perras Labrador, prestadas por la Asociación Cinematográfica de Estados Unidos (¿cuánto cobró?) durante un mes a la Policía de Malasia para labores de antipiratería informática.