Decía Milan Kundera (autor de La insoportable levedad del ser, por ejemplo) que el hombre se encuentra justo en medio de lo infinitamente grande (el Universo, atisbado desde gigantescos y potentísimos telescopios) y lo infinitamente pequeño (el mundo molecular, escudriñado por implacables microscopios)
Pero no debía imaginar que los mismos científicos que radiografían la vida nanométrica encontrarían, según Slashdot, tiempo para jugar con los átomos que manipulan hasta crear formas que pueden homologarse a la escultura o al arte gráfico más depurados.
Esta guitarrita mide 100 átomos de diámetro. ¿Cuántos miles de milllones de estas guitarras cabrían en la cabeza de un alfiler?
O ¿qué tal una sopa de letras molecular?