La intransigencia ideológica es uno de los muchos males que padece buena parte del Tercer Mundo. Gobiernos dictatoriales que persiguen la libertad de expresión en su país, obligando a muchos de sus intelectuales a huir como última alternativa a la cárcel o la tortura.
Zimbabwe es uno de estos países. Gobernado de forma autoritaria por Roberto Mugabe, la persecución de los disidentes se alarga más allá de las fronteras. Los periodistas exiliados en otros países son vigilados, y su trabajo interceptado. Así ha pasado en los últimos años, en que los escritores y la policía protagonizaban una dramática versión del juego del ratón y el gato.
Hasta que han optado por la telefonía móvil. Si las emisoras de radio que iban creando eran pronto detectadas y clausuradas por muy clandestinamente que funcionasen, ahora los mensajes SMS escapan de los controles tecnológicos de los perseguidores.
Y desde la distancia (geográfica, pero sobre todo cultural y sicológica) nos alegramos de que la tecnología, normalmente un recurso que favorece a las clases dominantes, sea en este caso un instrumento liberador como debería ser siempre Internet, el primer espacio planetario de comunicación verdaderamente libre y abierto.
¿Se impondrá la ubicuidad de las comunicaciones móviles a los controles de Gobiernos represores del Tercer Mundo?
(Noticia leída en C|Net)
