Hemos leído mucho y comentado algo sobre el poder creciente de los blogs. Lo que empezó como una moda se convirtió pronto (¿demasiado deprisa?) en un fenómeno comunicativo: en apenas nada, pasamos de los diarios personales a los blogs temáticos. Y así los medios clásicos reaccionaron. Hoy la mayoría de diarios importantes incluyen blogs en sus versiones digitales. Y los políticos abren su propio blog.
Pero siguen vivas las envidias, los prejuicios. En definitiva, la ignorancia de gente que teníamos por culta. Cómo cuesta a veces evolucionar, sobre todo cuando tiene que hacerse desde un estatus. Cómo se resisten algunas vacas sagradas a compartir fama y prestigio.
Dos ejemplos: Maruja Torres, diosa de la progresía, escribe en El País:
“Por ese espacio libre e infinito proliferan caravanas de egos en todas las direcciones; si un día entran en colisión, no vamos a necesitar el Apocalipsis. Implosionaremos por una saturación de fuentes o una congestión de párrafos destinados a glosar eso, los escombros de las mentes de los bloggers y muchas de sus miserias»
La abuela del periodismo ácido se parece a mi abuela cuando habla de botellón. En fin… cosas de la menopausia literaria que no perdona.
Pero no es un síntoma exclusivo de mujeres. Según Michael Keren, un profesor universitario canadiense autor de Blogosphere: The New Political Arena,
“las personas que desnudan su alma en su blog son solitarias y aisladas y viven en una realidad virtual, en lugar de establecer relaciones reales o ayudar a cambiar el mundo”.
Lo que más gracia me hace es que tales ditirambos provengan de escritores o intelectuales. Por lo visto, ellos no tienen ego ni escriben en la soledad. Benditos…
