Los dos gigantes informáticos (Microsoft, del presente que se acaba; Google, del presente que se proyecta hacia el futuro) están aquejados precisamente de gigantismo. Y no sólo por las dimensiones de sus imperios sino por la ambición de sus desmesurados planes de expansión.
Consecuencia: fallas de seguridad y parches subsiguientes, una fórmula en la que Microsoft se ha especializado descaradamente. Pero Google, hasta ahora un modelo de limpieza, empieza a caer en el mismo círculo vicioso: más productos lanzados cada vez más rápido con más vulnerabilidades que exigen más correcciones.
Si hace poco no nos extrañábamos de que Microsoft anunciase a sus usuarios (¿y cómo hace para avisarles a todos?) que no abriesen archivos en Word por el peligro que suponía, ahora resulta que Gmail padece un problema de código que expone la libreta de direcciones enterita a navegantes expertos. Por supuesto, Google se ha apresurado a desactivar el pánico con una nota tranquilizadora: todo controlado. Pero parece que no es así.
Un síntoma de la debilidad que afecta a nuestro desarrollo informático. ¿No es hora de entender que, como sucede con toda la industria clásica, también la informática debe someterse a un modelo de desarrollo sostenible?
No basta usar código abierto. Seguramente se necesitan ciclos más largos en la producción y publicación, que garantizen una depuración más rigurosa. Más control real de las comunidades de usuarios. En fin, y por poner un ejemplo, el modelo Debian.
Microsoft, por su parte, agoniza (aunque puede resistirse décadas, como suelen hacer los viejos dictadores): los neuróticos controles de activación de Vista, su elevado precio y sus absurdas exigencias de hardware son el efecto de un planteamiento desquiciado.
¿Y Google?